Según la RAE es un movimiento artístico y literario que intenta dejar de lado cualquier tipo de control racional. Los artistas del surrealismo mezclaban, cortaban y pegaban, creando extraños monstruos como los que poblaban el reino de Hypnos en Monkey bone. Pues la noche del pasado viernes me convencí de que el 2020 ha sido creado a medias entre Dalí y Bretón.
Salí de casa al mediodía, tenía una reunión para hablar de la presentación de una novela sobre un apocalipsis zombi, tal cual. Y luego debía pasar a reclamar en una tienda de lujo por unos lentes que salieron defectuosos, el mall, super exclusivo, estaba desierto, mis pasos resonaban en los mármoles y los brillos; como suele pasar con esas marcas, se limpiaron el culo con mi reclamo, (moraleja, no compren jamás en Salvatore Ferragamo). Luego debía llegar a otra reunión, también de trabajo, aunque en esa se colaron de rondón amistad y risas, (os amo, chicos). En fin, ocho de la noche, enfilo mi carrito hacia el hogar dulce hogar. De camino me avisan de que es probable que no pueda pasar, la quebrada Camarón se ha desbordado. Voy por la vía forestal. Llovizna. La carretera está obscura como boca de lobo y no es la primera vez que por ahí debo esquivar venados o ayudar a cruzar a un hormiguero. Voy a cuarenta kilómetros por hora. Clavados. De pronto, ¡clang! caigo en un hueco invisible en la oscurana y camuflado bajo un charco aparentemente inofensivo. Mis maldiciones se oyen en Finlandia y bajan a su conjuro san Pito Pato y San Serenín del Monte que son los que me protegen, sin duda, el resto de la noche. Apenas dos kilómetros más adelante oigo el inconfundible rascar de una llanta reventada. Pongo intermitentes. Me orillo en cuanto puedo. Eso ya es un área habitada, hay una farola. Pongo el freno y llamo a mi seguro. Discuto con la chica que debe mandarme asistencia vial (moraleja, nunca contraten Banesco Seguros). Por fin logro convencerla de que, a esas horas y donde estoy, yo no pienso bajar del carro y ponerme a cambiar la llanta. Me dice que debo esperar tres cuartos de hora. Me armo de paciencia y me pongo a esperar. Apenas cinco minutos más tarde aparece un carro de la policía. Se bajan dos agentes, yo bajo la ventanilla. Con una cortesía exquisita me preguntan. Les explico. Resulta que un vecino avisó de que un coche sospechoso está parado a un lado de la calle. Les digo que todo está en orden, que estoy esperando asistencia. Y me dicen que se quedan conmigo hasta que llegue. No es seguro que una mujer se quede sola en esa zona. Flipo. Un ratito más tarde, para otro carro, también oficial, dos chicos con un mono naranja, que si se necesita ayuda. El mayor de la Policía dice que no es necesario. Yo declino amablemente y flipo más.
Llega la asistencia y en unos minutos cambia la rueda y pienso, por fin voy a poder llegar a casa. Pues no. Resulta que al mayor le informan de que acaba de caerse un árbol sobre la vía, los bomberos y SINAPROC están en ese momento trabajando en retirarlo. Yo ya estaba pensando en rendirme e irme a dormir a un hotel. Pero no, los oficiales me dicen, <<No se preocupe, síganos>> y encienden las luces, noche cerrada, lluvia arreciando y yo siguiendo a un carro de policía que me ha metido por unos atajos casi invisibles hasta poder esquivar el árbol y dejarme sana y salva en mi casa.
Moraleja, las cosas buenas también se dicen, hoy solo puedo aplaudir a la policía y a las tres unidades que el viernes, en lugar de desentenderse, se preocuparon y se aseguraron de que, en su guardia y en su zona, todos estuvieran seguros y tranquilos. Ojalá todos fueran así. Gracias.